“Sí yo hiciera mi mundo todo sería un disparate. Porque todo sería lo que no es. Y entonces al revés, lo que es no sería y lo que no podría ser si sería.” Lewis Carroll imaginó un universo loco en sus dos cuentos más célebres: Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo. Escritos de forma enigmática, leer las aventuras de la descreída Alicia significa adentrarse en un sueño, en el que no existen las normas y uno vive la vida como la siente. En Cardinal, fanáticos de las estrategias en los extremos, seguiremos la lógica de Carroll en el diseño de carrera. El Rey, como todos los chiflados personaje del relato, esconde grandes verdades en sus irracionales consejos. “Empieza por el principio y sigue hasta que llegues al final; allí te paras.” Parece una locura pero, sorprendentemente, funciona. El mensaje de Alicia es que, en un mundo cuadrado, solo el loco habla con cabeza. Él es el único que piensa distinto.

 

Sobre la importancia de fijar una dirección.

—Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

—Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar—dijo el Gato.

—No me importa mucho el sitio—dijo Alicia.

—Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes—dijo el Gato.

—Siempre que llegue a alguna parte—añadió Alicia como explicación.

—¡Oh, siempre llegarás a alguna parte, si caminas lo suficiente!

A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta: ¿Qué clase de gente vive por aquí?

—En esta dirección vive un Sombrerero. Y en esta dirección vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.

—Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca—protestó Alicia.

—Oh, eso no lo puedes evitar, aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.

—¿Cómo sabes que yo estoy loca?—preguntó Alicia.

—Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí.

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Sobre la competición en ausencia de reglas claras.

—¿Qué es una carrera loca?—preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como esperando que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada.

—Bueno, la mejor manera de explicarlo es hacerlo. 

(Y por si alguno de vosotros quiere hacer también una carrera loca cualquier día de invierno, voy a contaros cómo la organizó el Dodo.) Primero trazó una pista para la carrera, más o menos en círculo («la forma exacta no tiene importancia», dijo) y después todo el grupo se fue colocando aquí y allá a lo largo de la pista. No hubo el «a la una, a las dos, a las tres, ya», sino que todos empezaron a correr cuando quisieron, y cada uno paró cuando quiso, de modo que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media hora, el Dodo gritó súbitamente: ¡La carrera ha terminado!

Y todos se agruparon jadeantes a su alrededor, preguntando: ¿Pero quién ha ganado?

El Dodo no podía contestar a esta pregunta sin entregarse antes a largas cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con un dedo apoyado en la frente (la postura en que aparecen casi siempre retratados los pensadores) mientras los demás esperaban en silencio.

Por fin el Dodo dijo: Todos hemos ganado, y todos tenemos que recibir un premio.

Sobre estrategias contraintuitivas de inmejorables resultados.

—Así no lo lograrás nunca—le señaló la rosa—Si me lo preguntaras a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria.

Esto le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontró caminando en dirección a la puerta de la casa. Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de ella) pensó que esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección contraria. Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja.

 

Sobre la ley de Sayre y por qué evadir escenarios de competencia perfecta.

Alicia nunca pudo explicarse, pensándolo luego, como fue que empezó aquella carrera; todo lo que recordaba era que corrían cogidas de la mano y que la Reina corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia para no separarse de ella; y aún así la Reina no hacía más que jalearla gritándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no podía correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo. Lo más curioso de todo es que los árboles y otros objetos nunca variaban de lugar: por más rápido que corrieran nunca lograban pasar un solo objeto. (…) La Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente: ahora puedes descansar un poco.

Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa.

—Pero ¿cómo? iSi parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! iTodo está igual que antes!

—¡Pues claro que sí!—convino la Reina—y ¿cómo si no?

—Bueno, lo que es en mi país—aclaró Alicia, jadeando aún bastante—cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte.

—¡Un país bastante lento!—replicó la Reina—lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

 

Sobre quién eres y dejas de ser a lo largo de una vida.

¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿Era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién demonios soy? ¡Ah, este es el gran enigma! (…) Imaginó cómo sería, en el futuro, esta pequeña hermana suya, cómo sería Alicia cuando se convirtiera en una mujer. Y pensó que Alicia conservaría, a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez, y que reuniría a su alrededor a otros chiquillos, y haría brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño, quizá este mismo sueño del País de las Maravillas que había tenido años atrás; y que Alicia sentiría las pequeñas tristezas y se alegraría con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices días del verano.

 

Sobre la utilidad de las cosas

—Me estaba precisamente preguntando para qué serviría la trampa para ratones. No es muy probable que haya ratones por el lomo del caballo.
—No será probable, quizá —contestó el caballero—pero, ¿y si viniera alguno? No me gustaría que anduviera correteando por ahí. Lo mejor es estar preparado para todo. Esa es también la razón por la que el caballo lleva esos brazaletes en las patas.
—Pero, ¿para qué sirven? —preguntó Alicia con tono de viva curiosidad. —Pues para protegerlo contra los mordiscos de tiburón —replicó el caballero—. Es un sistema de mi propia invención.

 

Sobre la caprichosa memoria de una reina un tanto estrafalaria.

Mala memoria, la que solo funciona hacia atrás —censuró la Reina.
—¿De qué clase de cosas se acuerda usted mejor? —se atrevió a preguntarle Alicia.
—iOh! De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas. Por ejemplo ahí tienes al mensajero del Rey. Está encerrado ahora en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles y el crimen se cometerá al final.
—¿Y suponiendo que nunca cometa el crimen? —preguntó Alicia.
—Eso sería tanto mejor, ¿no te parece? —dijo la Reina sujetando con una cinta la venda que se había puesto en el dedo.
A Alicia le pareció que desde luego eso no se podía negar.

 

Sobre ser aquello que eres y no ser aquello que no eres.

—iAh, ya me acuerdo! —exclamó Alicia, que no había prestado atención a este último comentario—. Es un vegetal. No tiene aspecto de serlo, pero lo es.
—Enteramente de acuerdo —dijo la Duquesa—, y la moraleja de esto es: «Sé lo que quieres parecer» o, si quieres que lo diga de un modo más simple: «Nunca imagines ser diferente de lo que a los demás pudieras parecer o hubieses parecido ser si les hubiera parecido que no fueses lo que eres».
—Me parece que esto lo entendería mejor si lo viera escrito, pero tal como usted lo dice no puedo seguir el hilo.

 

Sobre cómo cambiando el enfoque podemos solucionar un problema.

Alicia estaba empezando a preguntarse a sí misma: «Y ahora, ¿qué voy a hacer yo con este chiquillo al volver a mi casa?», cuando el bebé soltó otro gruñido, con tanta violencia que volvió a mirarlo alarmada. Esta vez no cabía la menor duda: no era ni más ni menos que un cerdito, y a Alicia le pareció que sería absurdo seguir llevándolo en brazos.
Así pues, lo dejó en el suelo, y sintió un gran alivio al ver que echaba a trotar se adentraba en el bosque.
«Si hubiera crecido», se dijo a sí misma, «hubiera sido un niño terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso». Y empezó a pensar en otros niños que ella conocía y a los que les sentaría muy bien convertirse en cerditos.  

 

Sobre la importancia de fijar prioridades, para no perder el tiempo en cuestiones secundarias.

—¿Qué tengo que hacer para entrar? —volvió a preguntar Alicia alzando la voz.
Pero, ¿tienes realmente que entrar? —dijo el lacayo—. Esto es lo primero que hay que aclarar, sabes.
Era la pura verdad, pero a Alicia no le gustó nada que se lo dijeran.