El principito siempre tiene una pregunta. Porque el principito es todavía un niño y, como todos los niños, quiere saber más cosas del mundo. Así que emprende un fascinante viaje de exploración por distintos planetas, conociendo a reyes autoritarios, vanidosos cautivos, borrachos melancólicos, empresarios avariciosos, faroleros laboriosos y geógrafos meticulosos, todos ellos estrafalarios, para llegar finalmente a la Tierra, poblada por humanos todavía más absurdos, criaturas, a ojos del principito, difíciles de comprender, en sus innecesarias complicaciones. Saint-Exupéry, que acaba de sufrir una avería en el desierto, se encuentra con el principito y juntos emprenden la más bonita aventura literaria del siglo XX. Una obra única, que describe los sentimientos con simplicidad y belleza y que critica la racionalidad de la vida adulta. Un cuento mágico con el que volver a hacer preguntas. Y recuperar así la ilusión de cuando éramos niños.

 

Sobre los adultos y su extraña forma de ver el mundo.

Los mayores aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Nunca se les ocurre preguntar: «¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?». En cambio, os preguntan: «¿Qué edad tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?». Solo entonces creen conocerle. Si decís a los mayores: «He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo», no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: «He visto una casa de cien mil francos». Entonces exclaman: «¡Qué hermosa es!»

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Sobre los adultos y sus absurdas autoimposiciones.

Viví con personas mayores y las he conocido de cerca; esto no ha mejorado mi opinión sobre ellas. (…) Los hombres no tienen imaginación. Repiten lo que se les dice. (…) Conozco un planeta donde hay un Señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día repite como tú: «¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!». Se infla de orgullo. Pero no es un hombre; ¡es un hongo!

 

Sobre los adultos y la pedante grandilocuencia.

Los hombres ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra se tuviesen de pie y un poco apretados, como en un mitin, podrían alojarse fácilmente en una plaza pública de veinte millas de largo por veinte millas de ancho. Podría amontonarse a la humanidad sobre el más pequeño islote del Pacífico. Las personas mayores, sin duda, no os creerán. Se imaginan que ocupan mucho sitio. Se sienten importantes, como los baobabs. Les aconsejaréis, pues, que hagan el cálculo. Eso les gustará, ya que adoran las cifras.

 

Sobre la amistad y las contrapartidas de formar vínculos.

—¿Qué significa domesticar?

—Significa crear lazos. Para mí no eres más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. (…) Mi vida es monótona. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos distinto. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Los campos de trigo no me recuerdan a nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes cabellos de oro y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

—¿Qué hay que hacer?—dijo el principito.

—Hay que ser paciente—respondió el zorro—Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. Las palabras son fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca.

El principito volvió al siguiente día.

—Hubiese sido mejor venir a la misma hora—dijo el zorro—Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón. Los ritos son necesarios.

 

Sobre el amor, hacia una rosa un tanto caprichosa.

No debí haberla escuchado, nunca hay que escuchar a las flores. (…) No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.

 

La dedicatoria de Saint-Exupéry, al principio del libro.

A León Werth. Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor puede comprenderlo todo; hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona mayor fue en otro tiempo. Todas las personas mayores han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria: a León Werth cuando era niño. Corrijo, pues, mi dedicatoria: a León Werth cuando era niño.

 

El principito nos recuerda que somos responsables de aquello que domesticamos. Que lo esencial es invisible a los ojos. Y que, siempre que tengamos una pregunta, seguiremos siendo niños.