Según el diccionario de la Real Academia, una epifanía es una manifestación repentina en la que se revela un hecho importante. Murakami tuvo la suya en un partido de béisbol. Él decidió ser escritor, en el preciso momento en el que un bateador llamado Dave Hilton golpeó la pelota. El sonido del impacto le despertó del sueño de una vida tranquila. Traspasó el bar musical que regentaba y dedicó las 24 horas del día a pensar libros. Muarakami escribiría clásicos modernos como 1Q84, Tokio Blues o La caza del carnero salvaje. En el ensayo De qué hablo cuando hablo de escribir comparte su particular visión del proceso creativo. En él, mostrando su admiración por los Beatles, habla de las cosas que solo el artista puede decir. Allí se esconde el sonido genuino. La originalidad es atemporal. Escuchas Strawberry Fields Forever y parece una canción moderna.

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Sobre el origen de la creatividad

 

Si algo puede considerarse original en mis novelas, surgió gracias a la libertad. Con veintinueve años escribí mi primera obra porque se me ocurrió de repente, así, de la nada, que quería escribir. No codiciaba nada, no me planteaba ninguna restricción o limitación sobre cómo hacerlo. No sabía nada del panorama literario del momento, ni tampoco había ningún escritor concreto al que admirase o me sirviese de modelo (no sé si eso fue una suerte o una desgracia). Solo pretendía escribir algo a mi manera y reflejar con ello el estado de mi corazón. Nada más. Ese potente e intenso impulso en mi interior me empujó a escribir frases a ciegas sentado a la mesa de la cocina, sin pensar en el futuro ni en nada más. En pocas palabras, estaba relajado. Además, mientras escribía me divertía y al mismo tiempo me sentía libre y ambas cosas sucedían de una manera natural. Pienso (más bien deseo) que esa sensación de naturalidad y de libertad debería ser lo que subyace en el fondo de la novela, que debería impulsarla como el motor de un coche.

 

Sobre las tres características de un autor genuino

 

En mi opinión, para decir que alguien se expresa con originalidad debe cumplir los siguientes requisitos:

1. Tener un estilo (sonido si se trata de música, estilo si se trata de escribir, forma y color cuando es pintura) claramente diferenciado del de los demás. De tal manera que solo con entreverlo, con escucharlo apenas, se entiende que a la primera que esa persona tiene algo de particular.

2. Ser capaz de superar ese estilo peculiar, pues a medida que transcurre el tiempo no queda más remedio que crecer y evolucionar. Uno no puede quedarse siempre en lo mismo. La capacidad de innovar debe ser inherente y dinámica.

3. Con el paso del tiempo, la originalidad debe convertirse en estándar, en norma. Tiene que ser absorbida por la psique de la gente y convertirse en un criterio de valor. De ese modo, será una referencia clara para las generaciones posteriores.

 

Sobre el criterio de selección

 

Para encontrar una forma peculiar de contar algo, un estilo, hace falta, según mi experiencia, empezar por el trabajo de «escudriñar lo que hay en ti» en lugar de «sumar algo en ti». Pensemos detenidamente. A lo largo de nuestra vida terminamos por albergar demasiadas cosas. No sé cómo decirlo, pero tal vez dispongamos de un exceso de información, de cargas, de cosas por elegir y alternativas que puedan terminar por estallar y provocar una especie de parada de emergencia. Llegado el caso, la mejor opción, es tirar a la papelera todo lo innecesario, limpiar los circuitos del sistema de información para que vuelva a arrancar y empiece a moverse de nuevo en el interior de nuestra cabeza con libertad. ¿Cómo distinguir entonces lo necesario de lo superfluo o de lo directamente inútil? Si hablo desde mi experiencia personal, preguntarme si me divierte hacer algo o no, por muy sencilla que sea la pregunta, es uno de los criterios.

 

Sobre la maduración de las experiencias

 

Antes de producir nada con nuestras propias manos, deberíamos observar en todos sus detalles los fenómenos y acontecimientos que tienen lugar delante de nuestros ojos. Cualquier cosa, por pequeña que sea, de lo que ocurre con las personas que le rodean a uno, reflexionar sobre ello. Eso no implica en ningún caso juicios de valor precipitados respecto a lo que está bien o lo que está mal. Hay que cuidarse mucho de sacar conclusiones precipitadas. Cuanto más lento es el proceso, mejor. Lo importante no es llegar a conclusiones bien definidas, sino conservarlas en nuestra mente sin que se alejen demasiado de la realidad para disponer de ellas como si se tratara de un material dúctil.

 

Sobre los cajones de la memoria

 

La memoria tiene un límite físico, por lo que resulta imprescindible llevar a cabo un proceso de selección. Trato de simplificar los recuerdos a través de detalles concretos. Para este ejercicio convendría apuntarlo todo en un cuaderno, por supuesto, pero yo prefiero confiar en la memoria porque la disciplina del cuaderno me da pereza y al escribir en él me relajo y de inmediato lo olvido todo. Cuando uno confía en la memoria, tiene lugar un proceso de selección natural que conserva lo importante y elimina lo superfluo. Yo me decanto por ese procedimiento. Las cosas verdaderamente importantes no se olvidan así como así. (…) James Joyce aseguraba que la imaginación es memoria y estoy de acuerdo con él. La imaginación es una combinación de recuerdos fragmentados e incoherentes. Esa memoria incoherente combinada de forma eficaz, por muy contradictoria que pueda parecer, puede tener un carácter tanto preventivo como intuitivo. En la mente (al menos en la mía) existe una gran taquilla que reúne esas características. Cada uno de sus cajones contiene infinidad de recuerdos e información. Los hay grandes y pequeños e incluso algunos ocultan pequeños escondites en su interior. Mientras escribo una novela, abro el cajón que me parece que puede ser útil, extraigo material de su interior y utilizo la parte que conviene a la historia.